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Trayectoria de una revista especializada

Cuando me recibí de Técnico Constructor Naval nunca se me hubiera ocurrido que alguna vez me transformaría en editor de una publicación especializada. A comienzos de los años 40 del si­glo pasado, el rápido crecimiento de la industria naval argen­tina dio lugar a una gran demanda de personal especializado en la materia. Pero por otra parte se carecía de la necesaria literatura técnica en este ámbito. Para mantenerse actualizado en los avances de la técnica, había que recurrir a libros y revistas del extranjero. Pero ello implicaba el conocimiento de los respectivos idiomas, condición que no siempre se daba entre los implicados.

Por lo tanto, acompañado por algunos colegas en la profesión, me decidí a cerrar esa brecha del mercado. En tal sentido, fundamos una revista técnica sobre industria naval y navegación, que aparecería en castellano. Personalmente yo tenía alguna experiencia en cuestiones gráficas, dado que un tío mío en Buenos Aires poseía una imprenta, en la cual pude adquirir algunos conocimientos en la materia. Entretanto, después de una corta práctica en un astillero, conseguí un empleo en la Dirección General del Material Aeronáutico (DGMA). Mi tarea consistía básicamente en la traducción y publicación de documentación técnica para la Fuerza Aérea.

Alquilamos una oficina en la cercanía de mi lugar de trabajo y dado que mi horario en la DGMA era de 7 a 14 horas, me quedaba la tarde libre para ocuparme de preparar la edición de nuestra revista, que aparecería bajo el nombre de NAVITECNIA.

Los primeros meses nos ocupamos de la adquisición de algunos muebles de oficina y la selección de antecedentes bibliográficos. Nuestra primera biblioteca quedó constituida por nuestros textos de estudios, un diccionario técnico en cuatro idiomas, boletines del Lloyd's Register of Shipping y del Germanischer Lloyd, así como por libros especializados en motores marinos, navegación, instalaciones portuarias, etc.

Comenzamos despachando diversas cartas a editoriales del exterior, solicitando ejemplares de publicaciones en carácter de intercambio. A tal efecto utilizábamos una vieja máquina de escribir portátil que había pertenecido a mi padre. Los cuatro integrantes de nuestro juvenil grupo de editores teníamos conocimientos del idioma inglés y yo adicionalmente del alemán.

De las informaciones recibidas del exterior, seleccionábamos aquellas que nos parecían adecuadas al consumo local y luego las traducíamos al castellano. En una segunda etapa, revisábamos el texto para hacerlo comprensible a los lectores y deter­minábamos cuáles iban a ser las ilustraciones correspondientes. Algunos de los dibujos técnicos los confeccionábamos en nuestro propio tablero y poco a poco se fue constituyendo el contenido de la primera edición de NAVITECNIA.

Entretanto, habíamos adquirido en un remate algún material de imprenta, como por ejemplo, una cajonera (también llamada burro) con diversos tipos de letras, entrelíneas y lingotes, además de otros utensillos menores, como: rodillo para entintar, bruza, pinza, componedor y volandera (también llamada galera, una especie de bandeja metálica en la que se colocan las líneas de plomo). Mediante estos elementos podíamos componer títulos y los textos para anuncios publicitarios. El texto corriente lo mandábamos componer en una linotipía. Esta empresa nos proveía los renglones en forma de columnas, de las que sacábamos las llamadas galeradas o pruebas de galera. El procedimiento consistía en colocar tiras de papel sobre los renglones de plomo entintados y golpearlas mediante la bruza para que se imprima el texto. Sobre estas pruebas de galera se efectuában las correcciones necesarias que eran enviadas nuevamente al linotipista. Los renglones corregidos eran luego intercalados en reemplazo de los que tenían errores y el texto quedaba listo para ser distribuído sobre la volandera, donde era completado con los títulos y los clisés. Estos últimos eran fotograbados de las correspondientes ilustraciones del texto. La página así formada era atada mediante piolines y transladada de la volandera sobre un cartón que permitía su apilado sobre pequeñas tablas de madera. El conjunto de paquetes de a cuatro páginas de plomo por tabla, era transportado a la imprenta. 12 de estos paquetes constituían un peso apreciable y generalmente nos costaba bastante convencer a los conductores de taxi para que nos aceptaran esta carga.

Si bien la impresión en sí era responsabilidad de la imprenta, seguíamos de cerca todo el proceso. Antes de que se comenzara con la impresión de uno de los pliegos (8 páginas), verificábamos cuidadosamente la correspondiente prueba de máquina. Pocos días después, contábamos en nuestra oficina con los primeros ejempla­res de la revista con fresco olor a tinta.

Dado que no siempre nos encontrábamos los cuatro en nuestro lugar de trabajo, llevábamos un libro de bitácora en el cual anotábamos toda novedad que pudiera interesar a los demás. Así quedó registrado como primer día de edición de la Revista: el 7 del 7 de 1947. Fecha fácil de recordar....

Considerando que ya en abril del citado año habíamos comenzado con los preparativos para el primer número de NAVITECNIA, pensamos haber adquirido suficiente experiencia como para lanzar una segunda edición a los dos meses subsiguientes. No tuvimos mayores problemas en lograrlo y ya nos encontrábamos enfrentados con la preparación del tercer número. Pero ahora llegó el momento de decidir si, dadas las condiciones financieras, aún sería factible continuar con la publicación. Apostamos a ganador e invertimos nuestro últimos ahorros para intentar una nueva edición. Felizmente, conseguimos el suficiente apoyo publicitario como para cubrir los costos. También comenzaron a registrarse los primeros suscriptores, principalmente estudiantes, miti­gándose así nuestras angustias económicas. Por otra parte, procuramos ampliar la difusión de la revista mediante la venta callejera, especialmente en quioscos ubicados en las terminales ferroviarias y frente a escuelas técnicas. Al comienzo tratábamos directamente con los quiosqueros y les dejábamos algunas revistas en consignación. Después de dos meses retirábamos los números no vendidos (generalmente amarillentos por el sol) y reponíamos la nueva edición tras haber cobrado el importe de las ventas. En realidad, este procedimiento no resultaba economicamente rentable, pero al menos nos servía de promoción.

Más adelante nos enteramos que estábamos infrigiendo las normas gremiales vigentes, y tuvimos que delegar este tipo de venta a una empresa distribuidora. De todos modos ya habíamos aumentado la tirada y no nos podíamos ocupar de estos detalles.

Los ejemplares destinados a suscriptores debían ser previamente clasificados por zona de destino (Capital Federal, interior, Sudamérica o resto del mundo) y empacados correspondientemente antes de ser llevados al correo. Esto no era tan simple como parecería. Como medio de transporte utilizábamos el tranvía que pasaba por la esquina de nuestra cuadra. Los paquetes previamente depositados en la vereda eran rápidamente cargados en la plataforma delantera del tranvía mientras al conductor se le pagaba una propina. Luego abordábamos el vehículo como pasajeros. Llegados al correo central, el procedimiento se invertia y luego cargábamos los pesados paquetes hasta el mostrador para diligenciar el despacho. Afortunadamente pudimos delegar más tarde esta agobiante tarea a una empresa expedidora.

Dado que las utilidades de nuestra empresa no alcanzaban para el sustento de todos los integrantes, poco a poco los socios fundadores se fueron separando, hasta quedar yo solo. Gracias a mi sueldo y el horario en la DGMA me fué posible continuar con esta actividad complementaria. Luego, gracias a la abnegada colaboración de mi esposa e hijas, pude constituir una Sociedad Anónima del tipo familiar para dedicarme de lleno al negocio editorial. Para ello renuncié a mi cargo de Jefe de la División Documentación Técnica en la Aeronáutica.

Pronto NAVITECNIA se transformó en el órgano representativo de la industria naval en el ámbito iberoamericano. Una revista similar editada en Rio de Janeiro, PORTOS e NAVIOS, no constituía competencia, ya que aparecía en idioma portugués.

La industria naval de la region se encontraba en auge y NAVITECNIA se transformó en una publicación internacionalmente reconocida, con representantes y corresponsales en Hamburgo, Amsterdam, Londres, Nueva York, Curaçao y Rio de Janeiro, entre otros. La empresa contaba ahora con personal administrativo y de redacción y yo podía dedicarme a viajar a los principales centros industriales del mundo para establecer relaciones comerciales y perfeccionar mis conocimientos profesionales.

Pero hacia fines de la década del 80 el gobierno argentino dejó de fomentar a la industria naval por considerarla de escaso interés nacional. Los astilleros fueron cerrando sus puertas uno tras otro. Los cursos de ingeniería naval quedaron interrumpidos y la industria subsidiaria tuvo que orientarse hacia otras especialidades. Las fuentes de ingreso de la revista se redujeron drásticamente. Con grandes sacrificios logré mantener a NAVITECNIA a flote hasta principios de 1992. Pero finalmente tuve que discontinuar su publicación.

No me resultó nada fácil renunciar a una actividad que había ejercido con tanto entusiasmo durante 45 años y a la vez seguir viviendo en ese mismo ambiente. De modo que decidimos mi esposa y yo, abandonar nuestra residencia en la Argentina para establecernos en la ciudad alemana de Norderstedt. El factor determinante para esta decisión fué la cercanía a la Hamburg Messe (Feria de Hamburgo), entidad con la que ya me unían relaciones comerciales y que a la vez me permitirían ejercer libremente mi profesión de periodista especializado en Europa.

En conclusión, puedo afirmar que mi trayectoria junto a NAVITECNIA ha creado una especie de simbiosis que me acompañará toda la vida.

En este sentido, la creación de NAVITECNIA hace ya 60 años, sigue estando entre mis más hermosos recuerdos.