<q>Maravillas técnicas</q> de los años 30

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Maravillas técnicas de los años 30

por Ernesto Potthoff

Mis progenitores emigraron en el año 1921 de Alemania para radicarse en la Argentina. Mi padre era ingeniero mecánico especializado en refrigeración. Una de sus tareas consistía en recorrer las diversas provincias del país, acompañado de un técnico, para realizar instalaciones frigoríficas. En un gran mapa ubicado en casa marcaba con alfileres de colores todos los lugares donde había concretado sus instalaciones. Esbozando una sonrisa, nos contaba que lo más difícil de su tarea consistía en convencer a los carniceros a utilizar cámaras frigoríficas, ya que ellos no podían comprender para qué enfriar las carnes si para comerlas había que volver a calentarlas. En aquellos tiempos no se tenía ni idea de la conveniencia de conservar alimentos por medio del frío.

Alrededor de 1930 mi padre obtuvo un contrato importante, consistente en instalar una planta frigorífica en Mendoza para la conservación de la uva. Dado que esta tarea le demandaría bastante tiempo, decidió viajar acompañado de toda la familia. Por aquel entonces, los ferrocarriles, que en su mayoría estaban en manos de los ingleses, ofrecían excelentes servicios y se podía recorrer el país con todo confort. Considerando que el largo trayecto de alrededor de 1000 km desde Buenos Aires a Mendoza resultaría muy caluroso en horas diurnas, resultaba evidente la solución del tren nocturno. Tomamos un camarote con cuatro cuchetas y a mí me tocaba dormir en una de las altas. Con el entusiasmo de un chico de seis años trepé por la escalerilla que había apoyado mi padre. Pero resulta que mi madre, previsora como era, había traído una larga venda que fijó convenientemente en el borde de la cucheta para que el nene no se vaya a caer de noche, Pese a mi machismo herido, el monótono traqueteo del tren pronto me arrulló en un reparador sueño.

En la ciudad de Mendoza nos alojamos en un tradicional hotel de la zona. Mi padre había traído una radio-valija para que tuviéramos distracción en nuestra habitación. Un día se le ocurrió llevar el aparato al comedor del hotel y ponerlo a funcionar. Las miradas de los asombrados comensales se dirigieron hacia el maravilloso aparato que emitía música sin estar conectado al tomacorriente. Mi padre los tranquilizó explicándoles que se trataba de una radio portátil accionada a batería. Todavía hoy recuerdo el voluminoso aparato en forma de valija, que medía aproximadamente 40x40x25 centímetros. Una vez abierta la tapa, la misma quedaba en posición vertical, sostenida por una bisagra. En dicha tapa se encontraba el altoparlante, rodeado por una antena de cuadro. La radio en sí, con sus lámparas, cables, sistema de sintonía etc. se hallaba en la valija propiamente dicha. La pieza fundamental era., por supuesto, la voluminosa batería cargada de líquido. Todo ubicado debajo de un elegante panel de controles, con sus llaves y dial. El conjunto podía ser orientado hacia la dirección desde donde provenía la onda emisora para una mejor recepción. Para ello la valija contaba en su parte inferior con un disco giratorio.

La cámara filmadora que poseía mi padre era, en comparación, un aparato mucho más pequeño. Se trataba de una Pathé-Baby que utilizaba película de 9mm con perforación al centro, es decir, entre cada cuadro. En cambio, las usuales películas de 8mm tenían esa perforación transmisora a los costados, lo que le restaba superficie útil al cuadro. En esa época, la idea de lo que era una cámara filmadora consistía en una voluminosa caja montada sobre un trípode y accionada por una manivela. La Pathé, en cambio, era una cámara manual accionada a cuerda. No es de extrañar, pués, que cuando mi padre quiso filmarme montado sobre un burrito mientras paseaba por el zoológico, no encontró la comprensión necesaria por parte del chico que lo llevaba de la cuerda. Cada vez que el rapaz se veía enfocado por la cámara, esbozaba una amplia sonrisa y se quedaba quieto frenando al animal. Mi padre lo instó a que siguiera caminando normalmente, pero éste le contestó que sabía muy bien que para una fotografía no había que moverse. Dado que el chico era más tozudo que su burrito, la filmación de mi primera cabalgata quedó en la nada.

Entretanto, la planta frigorífica para las uvas quedó concluída. Lo que a mí más me impresionó fué el sistema de enfriamiento por rociado del agua utilizada para la condensación. Los rociadores se encontraban al aire libre y proyectaban el agua hacia el cielo. Si bien se trataba de un simple proceso técnico, para mi mente infantil, era un espectáculo divertido. La nueva planta quedó conectada a la red ferroviaria para el transporte de la uva mediante vagones frigoríficos a los centros de consumo. De esta manera quedó inaugurada en la Argentina la primera red de transporte para cargas perecederas y sensibles a la temperatura.

En la ciudad de Buenos Aires le esperaría a mi padre una tarea aun más desafiante: uno de los antiguos cinematógrafos de la capital debía ser modernizado y dotado de un moderno sistema de aire acondicionado. Se trataba del Real Cine, construído en el año 1916. En esa época, la mayoría de las salas porteñas contaba con techos corredizos o ventiladores adosados a la pared para renovar el aire en los meses calurosos del año. En invierno se utilizaban radiadores para el confort de los espectadores.

Pero los tiempos fueron cambiando y a principios de los años 30 la administración del cine decidió renovar la sala según el modelo norteamericano. La ejecución de los planos construc­tivos para la nueva sala y sus dependencias fué confiada al arquitecto V.Raúl Christensen mientras el proyecto de la instalación de aire acondicionado quedó en manos de mi padre, quien trabajaba para la firma Westinghouse. La nueva técnica, aplicada por primera vez en la Argentina, consistía en introducir el aire por la parte superior del edificio para, luego de lavarlo y purificarlo, someterlo al proceso de enfriado (o calentado) y finalmente inyectarlo a la sala. El aire viciado era finalmente extraído por las rejillas de la platea, para ser expelido nuevamente al exterior. Ello demandó la instalación de numerosas cañerías y conductos como así también una sala de máquinas con una completa planta de enfriamiento y calefacción.

Como era usual en esa época, la sala contaba con dos balcones para la actuación de una banda de jazz y una orquesta de tango respectivamente. La ceremonia de inauguración de esta nueva maravilla técnica contó con amplia difusión en los medios periodísticos porteños y yo me sentí muy orgulloso de ver la foto de mi padre en los periódicos.

Años después, este cine se transformó en sala de exhibición de noticieros, alternados con dibujos animados. El programa se repetía cada hora y se podía entrar o salir en cualquier momento (espectáculo continuado). En los cálidos meses de verano hubo muchos que se quedaban para ver la función varias veces, con tal de disfrutar del aire fresco y puro de la sala.

De las muchas maravillas técnicas que tuve oportunidad de apreciar en mi niñez, la que más me impresionó fué la visita del Graf Zeppelin. El gigantesco dirigible alemán ya había realizado varios viajes internacionales por aquel entonces y operaba en una linea regular de pasajeros entre Alemania y Brasil. En el año 1934 prolongaría por primera vez su trayectoria hasta Buenos Aires en un vuelo de cortesía. Corría el mes de junio y yo me encontraba en cama con una de las clásicas enfermedades infantiles. Recuerdo la envidia que le tenia a mis compañeros de escuela, quienes tendrían la oportunidad de observar al Zeppelin desde el patio del establecimiento escolar. Con todo, mi madre me permitió levantarme un rato para poder mirar por la ventana en momentos en que el dirigible volaba majestuosamente sobre los techos de la ciudad. No pude menos que apreciar las enormes cruces svásticas en las aletas de la aeronave. Recién muchos años después comprendí que lo que aparentaba ser una mera demostración de la capacidad técnica alemana, incorporaba una cierta dosis de propaganda política.

Al día siguiente pude ver en el diario Deutsche La Plata Zeitung las fotos del Zeppelin en el aeropuerto militar de El Palomar. Dado que allí no se contaba con la consabida torre de amarre para dirigibles, hubo que recurrir a un centenar de soldados para retener a la enorme aeronave sobre la pista. Si bien la estadía fué de corta duración, los soldados debían ser constantemente relevados dado el esfuerzo que requería su acción. El comandante del Graf Zeppelin, Dr. Hugo Eckener, fué saludado por las autoridades locales y se procedió al intercambio de la correspondencia. Finalmente la imponente nave aérea fué reabastecida de combustible para el viaje de retorno. Entre los habitantes de Buenos Aires y, en especial, los numerosos residentes de procedencia alemana esta visita dejó recuerdos imborrables.

Hoy puedo afirmar que estos recuerdos de mi niñez han agudizado mi capacidad de interpretación de los innumerables avances de la técnica que han venido desarrollándose en forma vertiginosa a lo largo del siglo veinte.