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Por entonces aún estaban de pié…

Es sorprendente cómo un simple comentario dicho al pasar, puede hacer revivir recuerdos largamente reprimidos. En este caso, una pequeña nota periodística, mencionando el quinto aniversario de la destrucción del World Trade Center en Nueva York, despertó en mí profundas emociones.

Cuando el 11/9/2001 presencié por casualidad en la televisión el ataque terrorista al WTC en vivo y directo, me pareció estar viendo una película de ciencia-ficción. Poco a poco tomé conciencia de que este edificio, cuyo derrumbe estaba contemplando, era el mismo que años atrás había visitado varias veces. Inclusive, una vez, acompañado por mi esposa y dos de nuestros nietos, había estado en la terraza de una de las torres gemelas.

Yo ya conocí la silueta edilicia de Nueva York antes de que se erigieran las torres del World Trade Center. Por aquel entonces, el Empire State Building, con sus 102 pisos y 381m de altura era considerado el edificio más alto del mundo. Durante mis diversos viajes de negocios al Big-Apple (apodo familiar de Nueva York), me enteré de que se encontraban en construcción dos enormes edificios de oficinas, pero sin prestarle mucha atención a dicha circunstancia.

Hacia fines de los años 70 conocí durante un congreso técnico en Rio de Janeiro a dos de los directivos de una empresa marítima norteamericana que se dedicaba mundialmente a prestar diversos servicios a los navegantes, especialmente en los canales de Suez y Panamá. Con el correr de los años nació entre nosotros una relación amistosa y nos encontramos regularmente en Buenos Aires o Nueva York, donde ellos tenían sus oficinas en el One World Trade Center.

Cuando accedí por primera vez al edificio de las dos torres, me sentí fascinado. Con sus 110 pisos y 412 m de altura no se trataba sólo de una edificación colosal sino de toda una ciudad extendida verticalmente a la que concurrían diariamente 50.000 empleados. De lo que me puedo acordar, los dos o tres primeros pisos de las torres estaban unidos entre sí formando un enorme centro comercial en el cual se podían adquirir todo tipo de artículos. En los 6 subsuelos se hallaban alojados los garages y la maquinaria necesaria para atender los servicios del edificio. Cuando en una oportunidad descendí con mis amigos en el garage ubicado en el segundo subsuelo, ellos me contaron confidencialmente que allí se encontraba una zona restringida donde estacionaban sus vehículos los agentes del FBI. Debajo del todo se hallaba ubicada una estación del subterraneo por la cual el WTC quedaba comunicado con toda la red subterránea de Nueva York.

Inmediatamente después del imponente hall de entrada se encontraban los numerosos ascensores, los reales medios de comunicación dentro de esa metrópoli comercial. Algunos paraban solamente en los pisos pares mientras que otros lo hacían en los impares. Un grupo de ascensores rápidos llegaban sin parar hasta los pisos superiores y en una de las torres había uno destinado a los visitantes que querían llegar hasta la azotea. Este ascensor paraba en el piso 50, allí había que transbordar a otro, que terminaba en la cumbre del edificio. Ello se debía a una razon técnica: no era razonable subir directamente los 400 metros de altura pues se requerirían para ello cables demasiado largos cuyo peso dificultaría el funcionamiento.

Las oficinas de mis amigos se encontraban inicialmente en el piso 16, pero luego se mudaron al numero 11 y yo debí acostumbrarme a tomar el ascensor correspondiente a los pisos impares.

En el año 1980, embarcado como Corresponsal Naval en la Fragata Libertad, al navegar por el río Hudson durante el desfile náutico en conmemoración de los festejos del 4 de Julio, tuve oportunidad de contemplar el perfil de las dos torres, erigiéndose en todo su esplendor sobre los techos de Nueva York. Desde aproximadamente esa misma perspectiva vería años después por la televisión, el dramático derrumbe de esa gran obra.

En 1986 concurrí a la Feria Internacional Shipbuilding, Machinery & Marine Technology en Hamburgo. En este viaje me acompañaban mi esposa y nuestros dos nietos mayores, Pablo y Horacio, por aquel entonces de 12 y 10 años de edad. Para mostrarles algo del mundo a los muchachos viajamos posterior­mente a Nueva York para luego visitar también Washington y Boston. Cuando arribamos al aeropuerto internacional J.F.Kennedy, fuimos recibidos inesperadamente por un fornido chofer (reconoci­ble por su uniforme) quien nos dió la bienvenida en nombre de la firma de nuestros amigos. Con sus poderosas manos tomó nuestro equipaje y nos condujo a un estacionamiento reservado, sito en la terraza del aeropuerto. Allí nos esperaba una larga limosina, como las que sólo se ven en películas, que llevaba como númerío de chapa las siglas CANDIA 1. Cabe señalar que en los Estados Unidos es posible, contra el correspondiente pago, componer cada uno su propia identificación vehicular. Con mi señora y Horacio nos ubicamos en el amplio asiento trasero desde donde podíamos ver a la distancia como Pablo hacía lo propio junto al conductor. La limosina estaba equipada con todo lujo, inclusive teléfono, minibar, intercomunicadores, etc., para deleite de Horacio, quien quería investigarlo todo.

Llegados al hotel, nos dimos cuenta de la impresión que había causado en el personal nuestro arribo en semejante bote. Por supuesto, recibimos de inmediato un tratamiento VIP.

Naturalmente, fuimos a agradecerles a nuestros amigos este magnifico recibimiento y aprovechamos la oportunidadd para subir a la terraza de visitantes del Tower Two. A pesar de la cabina cerrada del ascensor, no pudimos dejar de percibir el silbido del viento que pasaba por los costados durante nuestro rápido ascenso. En el tablero indicador de los pisos, los números se movían de a diez, tal era la velocidad con la que nos desplazá­bamos hacia arriba.

Desde los más de 400 metros de altura gozamos del maravilloso panorama de Nueva York y sus alrededores. Lo que más les entusiasmó a los chicos fué la vista de numerosas avionetas y helicópteros que volaban debajo nuestro. Nos encontrábamos ciertamente en la cumbre del mundo. Cuando más tarde subimos en el ascensor de nuestro hotel hasta el piso 32, los chicos preguntaron desilusionados: Porqué nos alojamos a tan poca altura?

En 1993, cuando ya me había radicado con mi esposa definitivamen­te en Alemania, recibí un encargo de la Hamburg Messe para orga­nizar, junto con la historiadora de arte del Instituto Peter Tamm, una exposición denominada art maritim sobre navegación y arte de los Estados Unidos. Volamos hacia Annapolis Md, para seleccionar en el US Naval Academy Museum y otros museos maríti­mos de los EE.UU. aquellos cuadros, modelos de barcos y demás artefactos que luego serían exhibidos en Hamburgo en calidad de préstamo. Poco antes de mi partida desde Alemania me había enterado del primer atentado efectuado contra el WTC (Febrero 1993). Una camioneta cargada de explosivos había sido estacionada en uno de los subsuelos y hecha detonar poco después. Se produjo un incendio y el edificio sufrió apreciables daños por la fuerte sacudida. Mis primeros pensamientos fueron para mis amigos, e inmediatamente después de mi llegada a Annapolis traté de comunicarme telefónicamente con ellos. Cuando escuché la voz de Robert me tranquilicé, y él me comunicó que la oficina había quedado bastante deteriorada por el humo y los escombros pero que ninguno de la empresa había sufrido daños personales. Pronto iban a continuar trabajando bajo el lema business as usual. Si bien en esa oportunidad no llegué a verlos a ellos ni al edificio, me quedé tranquilo pues sabía que las torres aún permanecían en pié. Desde entonces no volví a estar en los Estados Unidos.

Hasta la fecha no sé que sucedió con mis amigos el 11 de setiem­bre de 2001. De todos modos, no quisiera nunca tener que contemplar lo que ahora se denomina Ground Zero. Hay demasiados lindos recuerdos enterrados allí…