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Como casi nos encontramos con Stroessner

Por los diarios me enteré del fallecimiento del ex-dictador paraguayo Stroessner, quien dejó de existir el 16/8/2006 a la edad de 93 años, en su exilio del Brasil. Esta noticia me hizo recordar una curiosa experiencia que tuve con mi esposa durante un viaje a la capital paraguaya, Asunción.

A principios de los años 70 decidimos viajar a las cataratas del Iguazú. Preferimos realizar la travesía en uno de los modernos buques fluviales que, partiendo de Buenos Aires, nos conduciría en cuatro jornadas por los ríos Paraná, Pilcomayo y Paraguay directamente hasta Asunción.

Navegamos en un confortable buque río arriba, dejando pasar ante nosotros el magnífico paisaje de la Mesopotamia argentina. Visitamos las ciudades de Paraná y Corrientes, gozando entretanto del ameno ambiente a bordo. Recuerdo un risueño espisodio que apreciamos en un trecho del rio. El barco se estaba aproximando a un precario muelle, que se extendía hasta uno de los típicos ranchos de la zona. Sobre los tablones de madera venía corriendo un pequeño niño en dirección al río. Pensamos que seguramente querría saludar de cerca al barco. Pero cuando llegó al extremo del muelle, se apresuró en agarrar un banquito allí abandonado, para retornar corriendo con el mismo en sus manos, hacia el rancho. Al poco comprendimos la intención del rapaz. Nuestro barco apenas había pasado el atracadero cuando la fuerte marejada de popa barrió por sobre las tablas del mismo y seguramente hubiera arrastrado al banquito, si este no hubiera sido rescatado a tiempo.

Llegados a Asunción, continuamos nuestro viaje por bus en direc­cion a Ciudad del Este, atravesando un colorido paisaje tropical. Esta ciudad, no sólo se encuentra en el punto de convergencia de tres países, sino que está junto al Parque Nacional Iguazú de la Argentina. A lo largo de la carretera que partía de Asun­ción nos llamaron la atención numerosas cruces de madera, ador­nadas algunas de ellas con flores. El conductor del bus nos informó que dicha ruta era frecuentada por peatones, quienes la utilizaban para trasladarse de un pueblo a otro. Especialmente de noche, cuando sus oscuras siluetas no era detectadas a tiempo por los automovilistas, solían ser atropellados, quedando muertos a la vera del camino. Dado que los familiares, generalmente pobres, no tenían los medios para trasladar a las víctimas hasta sus pueblos, los enterraban en el propio lugar del accidente. Las cruces servirían, además, de advertencia a los descuidados automovilistas.

Iguazú significa en el idioma guaraní aguas grandes. En realidad una denominación adecuada para estas cataratas, unas de las más bellas del mundo. Estas caídas de agua se encuentran enmarcadas por un fabuloso paisaje selvático y forman el límite entre Argentina y Brasil. La vista más hermosa del semicírculo de 2.700 m de extensión, que abarca más de 150 caídas indi­viduales, la brinda el lado argentino. Especialmente imponente es la gran catarata denominada garganta del diablo que deja caer toneladas de agua desde unos 70 metros de altura. El espectáculo de esa masa líquida que se precipita con gran estruendo, levantando espuma y niebla en medio de un paisaje exótico, es realmente inolvidable.

De vuelta en Asunción, nos esperaba nuestro barco, que estaba a nuestra disposición como hotel flotante. Recorrimos la ciudad por diversos medios. En una oportunidad, al viajar en uno de los tradicionales tranvías, tuvimos un encuentro inusitado. Subió al vehículo un hombre correctamente vestido con traje marrón, camisa blanca y corbata. Pero... no tenía medias ni zapatos! Después de la sorpresa recibida, observamos con mayor atención a los demás transeúntes y notamos que andar descalzo no era ninguna rareza en esta ciudad. No es solamente que la gente no tuviera dinero para calzarse correctamente. El asunto viene de las costumbres de los primeros habitantes de la región, los indios guaraníes. Ellos acostumbraban andar descalzos y a sus descendientes les costaba acostumbrarse a los zapatos.

El último día de nuestra estadía en esta limpia ciudad con alma de aldea, decidimos realizar un paseo que nos llevaría hasta un bien cuidado parque. Al caminar, nos dejamos embelezar por el dulzón aroma de los cítricos y demás plantas tropicales, hasta que repentinamente nos encontramos frente a un ostentoso palacio. Nos acercamos para contemplarlo más detenidamente, cuando nos sorprendió una voz de alto!. Sorprendidos nos dimos vuelta y nos enfrentamos a dos soldados con uniforme camuflado y portando fusiles automáticos. Que hacen aquí! nos preguntaron abruptamente. Titubeando, les contesté: Somos turistas venidos de la Argentina y nos interesó este edificio. Nos contestaron: Se encuentran en los jardines del palacio de gobierno, sígannos!

Nuestros pensamientos volaron hacia Buenos Aires, donde a la sazón, una ola de asaltos, secuestros y asesinatos originada por terroristas, mantenía en vilo a la población. Bajo estas circunstancias, la mera presencia sospechosa frente a un edificio público podía terminar en un severo interrogatorio policial. ¿Nos habremos metido en una situación embarazosa parecida, aquí?

Los soldados nos escoltaron hasta la escalinata de acceso al palacio y uno de ellos entró para volver poco después en compañía de un funcionario correctamente vestido. Este se presentó como encargado de relaciones publicas y nos dijo: Así que ustedes son los turistas que deseaban visitar el palacio?.- Por favor síganme.

Si bien ésa no había sido nuestra intención inicial, seguimos a nuestro guía por las escaleras y pronto nos encontramos en el interior del palacio. Aquí nos guió a través de las diversas oficinas y salones, que a esa hora del día se encontraban desocu­pados. De paso, nos comentó que lamentablemente el Presidente Stroessner no se encontraba en la sede del gobierno, pues sino hubiera tenido mucho gusto en saludarlos. Esa sí que era una sorpresa!

Pero el asunto no terminó allí. Cuando nos encontrábamos en la planta alta, nuestro acompañante nos pidió esperar un momento frente al despacho del Ministro de Relaciones Exteriores. Entró al recinto y cuando volvió nos dijo que el señor ministro aun se encontraba trabajando pero que no tendría inconvenientes en dejarnos pasar por su oficina para llegar hasta el balcón, pues éste era el único acceso al mismo. Respetuosamente atrave­samos la oficina y saludamos al pasar al ministro. Este levantó brevemente la vista de sus papeles, para responder cortésmente nuestro saludo. De este modo llegamos hasta el amplio balcón que se extendía a lo largo de todo el edificio y pudimos gozar el magnífico espectáculo del rio Paraguay junto a los cuidados jardines del palacio. Realmente no hubiéramos esperado una tan cordial recepción. Especialmente, teniendo en cuenta la fama mundial que tenía este gobierno de ser una terrible dictadura.

Mas adelante nos enteramos que pocas semanas atrás, en vista de la gran importancia que comenzaba a tener el turismo para la economía paraguaya, el Presidente Stroessner se había dirigido a la población, en los dos idiomas nacionales -castellano y guaraní- para exhortarla a tratar muy amablemente a todos los turistas. También el aspecto exterior debía ser cuidado: no se toleraría que jóvenes con el cabello largo o tacos altos anduvieran por la ciudad. La policía se encargaría de cortarles el pelo y achicarles los tacos a los infractores. Tampoco se iba a permitir la presencia de mendigos o personas indeseables en las calles.

Dado que Stroessner gobernaba el Paraguay desde 1954 con mano férrea, todo el mundo sabía a qué atenerse. Después de todo, las autoridades estaban dando el buen ejemplo. Nosotros podíamos atestiguarlo.

Navegando corriente abajo, el viaje de retorno, con una sola parada en Santa Fe, se hizo más corto. Después de tres días arribamos nuevamente a la jungla de cemento que se denomina ciudad de los Buenos Aires.

Recordamos al Paraguay como un país empobrecido pero hospitalario y bendecido por una exhuberante naturaleza. El gobernante militar Alfredo Stroessner, de ascendencia alemana, fué destituído en 1989 y vivió hasta su muerte en Brasil.