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Timoneles en la televisión

Ya en 1944 fué emitida la primer transmisión experimental de televisión en Buenos Aires. Pero recién el 17 de octubre de 1951 comenzaron las tramsisiones regulares en dicha ciudad. Ese día era celebrado en la Argentina como Día de la Lealtad y en dicha oportunidad, el entonces Jefe del Estado general Perón dirigía su tradicional discurso al pueblo. En esa época la cantidad de personas que poseían un televisor era escasa, pero el empeño político de establecerr un masivo contacto con la población, contribuyó al rápido crecimiento de este medio de comunicación, del cual a poco tiempo también sacarían provecho los intereses económicos privados.

Alrededor de 1960 pudimos adquirir nuestro primer televisor. El gobierno militar había dispuesto la producción de una serie de televisores en blanco y negro, que se armaban en el estable­cimiento bonaerense de Fabricaciones Militares (FM). Estos modernos y económicos aparatos estaban destinados exclusivamente a miembros de las Fuerzas Armadas. Nosotros conocíamos a un general, quien gustosamente nos transfirió su orden de compra, ya que había adquirido su propio televisor en el comercio. Mi amigo Santiago (hermano del general) me llevó en su auto hasta el establecimiento de FM donde, tras los usuales trámites y contra pago al contado, nos entregaron el televisor. Se trataba de una caja bastante voluminosa y nos costó ubicarla en el asiento trasero del auto, cuyo acolchado amortiguaría el traqueteo. Para evitar que por una brusca frenada la caja se cayera del asiento, viajé con el brazo estirado desde el asiento delantero sosteniéndola.. Fue un viaje agotador y mi amigo trató de conducir lo más cuidadosamente posible a través de las calles irregulares.

Finalmente llegamos a casa y transportamos a pulso la pesada carga hasta nuestra sala de estar. Todos ayudaron a desempacar el aparato y nos dedicamos a la nada fácil tarea de ubicarlo e instalar la antena. Dado que las válvulas de aquel entonces emitían mucha calor, era recomendable instalar el televisor bastante lejos de la pared. A pesar de nuestra poca experiencia, nos fué posible, entre todos, orientar la antena en el techo y finalmente toda la familia pudo gozar de su primer programa televisivo.

Pero pronto ya no sería solamente la familia. Nuestras hijas ya iban a la escuela y rápidamente se corrió la voz de que pose­íamos un televisor. De modo que todos los sábados por la mañana, cuando se transmitía un programa infantil, teníamos la casa llena de chicos y chicas que se acomodaban sobre la alfombra del living con los ojos fijos en la pantalla. Poco a poco el horario de transmisión se fué alargando y se sumaron nuevoss canales. Además de los noticieros, los programas hogareños, los partidos de fútbol y una que otra película norteamericana, fueron apareciendo también las famosas telenovelas, sucesoras de las radionovelas, tan apreciadas por las amas de casa. De modo que habla programas para toda la familia y la televisión fué llevando el mundo al interior de nuestro hogar.

Lamentablemente, también se presentaron algunos problemas técnicos, que en aquella época no eran fáciles de resolver. En algún momento se produjo lo indeseable: en lo mejor de una transmisión, el aparato dejó de funcionar. Llamé a la fabrica para solicitar ayuda técnica. Me contestaron que llevara el aparato y que en algunas semanas estaría reparado. El sólo pensar en los problemas del transporte y en los probables costos de la reparación, me hicieron desistir de la idea. Pero la necesidad agudiza el ingenio. Recordé que en una de las revistas norteamericanas que solía leer, Popular Mechanics o Popular Science, habla aparecido un articulo sobre la construcción de un aparato de televisión. La búsqueda dio buenos resultados: encontré la nota, y en la misma se describían exactamente los detalles de un aparato igual al nuestro. Hasta venia incluido un plano con todos los circuitos. Revisé el cha sis de nuestro televisor y noté que una de las lamparas no prendía. Localicé dicha lámpara por su numero en el circuito y salí a comprar una de repuesto en un negocio cercano. No bien reemplacé la lámpara quemada por la nueva, todo volvió a funcionar y pudimos seguir disfrutando de nuestro televisor.

Pero en otra oportunidad, no fué tan fácil. Todo parecía estar en perfecto orden y no pude detectar falla alguna. Desesperado, procuré revisar un lugar que se hallaba oculto por un manojo de cables. A tal efecto utilicé una pequeña vara de madera para levantar dichos cables y, repentinamente volvieron la imagen y el sonido. Pero no bien retiré la varilla, todo volvió a apagarse. De modo que utilicé un corcho para elaborar un suplemento adecuado y lo ubiqué debajo del manojo de cables. Santo remedio! Desde entonces el aparato funcionó sin inconvenientes.

Como televidente, uno se preguntaba más de una vez cómo serían los estudios de televisión de por dentro. Inesperadamente tuve la oportunidad de tener mi propia experiencia al respecto. Corría el año 1976, cuando una Junta Militar destituyó al gobierno de María Estela Martínez de Perón, viuda del ex-dictador. Como integrante de la Junta, la Marina decidlo iniciar una campaña tendiente a despertar la conciencia marítima entre la juventud argentina. A tal efecto, fué instituido un programa televisivo que se irradiaría los domingos por la mañana por el canal estatal (Canal 7).

La oficina de Difusión de la Armada asumió la dirección de dicho programa, que se transmitió bajo el titulo Timoneles. La transmisión en vivo era conducida por profesionales, con la participación de escollares y estudiantes secundarios. El respaldo técnico era proporcionado por mi revista (NAVITECNIA) y en tal sentido, tanto yo, como mis dos hijas y el esposo de la mayor, quedamos involucrados en las transmisiones.

Durante la semana escribíamos los libretos y los domingos participábamos en las tareas del estudio. A los jóvenes participantes se les formulaban preguntas relacionadas con el quehacer náutico, tales como la descripción de los componentes de un buque, usos y costumbres a bordo, categorías de los tri­pulantes, uso del compás, la sonda y la corredera, seguridad en la navegación y demás. También se llevaron a cabo importantes demostraciones prácticas, tales como el despliegue de una balsa salvavidas dentro del estudio, lo que dio lugar a cierto sobresalto entre los presentes. Estas balsas salvavidas vienen encerradas en un contenedor cilíndrico de material plástico, el que se abre al caer al agua por accionamiento de una cuerda disparadora fijada a la amurada. Al abrirse el contenedor queda en libertad la balsa de goma que se infla automáticamente. En nuestro caso el disparador fue accionado a mano, e inmediatamente se produjo un fuerte estampido, similar a cuando se infla el airbag en un auto moderno. Luego comenzó a desplegarse la enorme balsa, cuyas dimensiones quedaban evidenciadas por el hecho de tener cabida para 20 personas. Además de esta prueba, se realizaron prácticas de señales con banderas, manejo de remos, trepar por las jarcias y escalas de cuerdas, como todas las demás prácticas marineras.

A los invitados más jóvenes se les enseñaba el arte de hacer nudos, terminología náutica básica .(como babor, estribor, proa y popa, etc.), colocarse el chaleco salvavidas y otros cono­cimientos prácticos relacionados con el tema.

Una de las transmisiones más espectaculares que realizamos, fué la emitida desde un barco amarrado en el puerto de Buenos Aires mientras operaba en la descarga. Bajo las condiciones de esa época, tarea nada fácil. Necesitamos tres cámaras de transmision, equipos de iluminación y sonido, además del vehícu­lo de retransmisión con todo el cablerío del caso. Las pesadas y voluminosas cámaras fueron izadas a bordo y ubicadas respectivamente: en una de las alas del puente, en la timonera y en la sala de máquinas. A los televidentes se les fue brindando así en forma sucesiva un panorama completo del accionar de un buque en puerto. La cámara ubicada en el puente mostraba el funcionamiento de las grúas de a bordo al levantar la carga desde la bodega para luego ubicarla sobre los camiones que espe­raban en el muelle. La cámara en la timonera permitía apreciar la tarea del segundo oficial, encargado de controlar la maniobra de descarga. Yo me encontraba junto al tercer camarógrafo en la sala de máquinas, desde donde, superando el ensordecedor ruido de los motores y el calor imperante, traté de relatarles a los televidentes el accionar de la maquinaria auxiliar del buque que, en puerto, tiene la función de generar la energía eléctrica necesaria y a su vez suministrar el agua de consumo a bordo. Por los auriculares iba recibiendo las instrucciones del director técnico que me indicaba cuando debía iniciar y finalizar mi relato para posibilitar el pase a las demás cámaras. Cuando finalmente salí a cubierta para respirar el aire fresco, quedé asombrado del gran entusiasmo que había provocado esta transmisión, evidenciado por la cantidad de curiosos que se habían agolpado en el muelle para presenciar la tarea del equipo transmisor.

Este programa fué transmitido durante tres años, contribuyendo sin duda alguna al incremento de los conocimientos en la juventud sobre temas marítimos. Con el objeto de motivar a los jóvenes en la participación de estas transmisiones, fueron instituidos
diversos premios, consistentes en copas, medallas y diplomas. A los dos participantes que más se habían destacado durante el año, les esperaba un premio mayor: nada menos que un pasaje de ida y vuelta a Hamburgo en uno de los barcos de ELMA (Empresa Líneas Marítimas del Estado).

Para mí fué una gran satisfacción enterarme que no pocos de los jóvenes que habían participado en estas transmisiones, más adelante se habían volcado hacia alguna actividad marítima.