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Los Reyes Magos en la playa

Cuando aún vivíamos en Buenos Aires solíamos pasar las fiestas navideñas en casa, en el seno de la familia. Pero al día siguien­te ya partíamos en procura de un sitio junto al mar para sus­traernos a los implacables calores de la capital.

Hacia fines de los años 50 yo trabajaba para la Fuerza Aérea y, como funcionario podía aspirar a unas vacaciones en la colonia veraniega de Chapadmalal. Esta localidad se encuentra a unos 450 km al sud de Buenos Aires y fué erigida por el gobierno como un moderno complejo vacacional. Ocho grandes hoteles circun­daban una playa arenosa ubicada entre acantilados. Todo de fácil acceso a través de una ruta costera. Una pequeña capilla, plazas de juegos infantiles y un cinematógrafo completaban las instalaciones.

Los edificios de los hoteles estaban construídos en forma de cuarteles y el gran salón comedor en la planta baja lindaba con una amplia terraza que ofrecía una magnífica vista al mar. Además, disponían los turistas de un confortable bar para gozar de una amable tertulia al terminar el día.

En el diseño de este complejo turístico se contemplaron básica­mente los requerimientos familiares: en las amplias y luminosas habitaciones se alojaban respectivamente un matrimonio con dos hijos. Amplios pasillos y numerosos baños les brindaban a los veraneantes una cómoda estadía.

Con nuestras dos hijas pasamos allí dos semanas plenas de sol, en las que pudimos aprovechar nuestros conocimientos de natación en las aguas del Atlántico. La fiesta de Año Nuevo transcurrió en un ambiente familiar y los fuegos artificiales, encendidos a la medianoche por expertos en la orilla del mar, iluminaban a la vez el cielo y las olas de la rompiente.

Durante los días subsiguientes conversamos en la playa con nuestros compañeros de veraneo sobre la próxima fiesta de Reyes, que en la Argentina es en realidad el día en el cual más se los obsequia a los niños. Por nuestro amigo, el profesor de educación física, nos enteramos que en uno de los hoteles se alojaba un contingente de huérfanos provenientes de diversas provincias. Inmediatamente se nos ocurrió organizar un operativo para darles una alegría a estos niños en el día de los Reyes Magos.

Una idea trajo la otra y pronto quedó constituída una comisión organizadora encabezada por el profesor. Esta acción fué puesta en conocimiento de la administración hotelera y de las autoridades locales. Los hijos de los veraneantes juntaron en alcancías las donaciones necesarias para poder adquirir los regalos. Un grupo de turistas se trasladó a la ciudad cercana para elegir en los comercios mayoristas los regalos y las golosinas. Nuestras mujeres se dedicaron a improvisar la vestimenta para los Reyes Magos. Con cortinas prestadas de las habitaciones se fabricaron las capas, las coronas eran recortadas de cajas de cartón y luego decoradas con papel dorado, con bolas de colores se improvisaron collares y colgantes. Para dos de los Reyes se habían comprado barbas postizas y al tercero le pintaron las manos y la cara con un corcho quemado. Los pequeños juguetes y las golosinas fueron envueltos en papeles de regalo y un grupo de voluntarios se dedicó a inflar cientos de globos.

Habíamos alquilado tres caballos, los que a la madrugada del 6 de enero ya se encontraban ensillados frente a nuestro hotel. Los regalos fueron ubicados en bolsas, las que luego fueron repartidas, junto con los globos, en varios autos. La caravana estaba lista para partir. Pero había un detalle con el que no habíamos contado: el único de los tres Reyes Magos que sabía andar a caballo era yo, los demás conocían estos animales sólo de los carros lecheros. Hasta a mí me resultó difícil montar el caballo, impedido como estaba por los amplios ropajes y las voluminosas botas de goma, que habíamos tomado prestadas del personal de maestranza. Los otros dos pudieron montar finalmente con la ayuda de sillas y el auxilio de muchas manos amigas. Si bien en ese día feriado había poco trafico en la ruta, pedimos la colaboración de la policía, la que nos asignó a dos motociclistas.

Lentamente la caravana se puso en marcha y los aproximadamente 500 metros que nos separaban de la colonia infantil nos parecie­ron interminables. Mis colegas se movían de un lado al otro en la montura. De repente se oyó un fuerte grito: Carajo, se me escapó una bota! Al Rey negro se le había resbalado un pié del estribo y la holgada bota cayó sobre el pavimento. Dejate de maldecir y bajate a rescatar tu bota, le gruñí entre mis barbas. - Si desmonto, cómo vuelvo a subir al caballo?, fue la rápida respuesta. La situación parecía insoluble. Por suerte uno de los policías había observado el percance y se aproximó en su motocicleta para levantar la bota y alcanzársela al apenado jinete. Habíamos detenido la marcha y el policía le ayudó al Rey a ponerse la bota y encajarla nuevamente en el estribo.

Poco después ya pudimos ver a los huérfanos, prolijamente alineados frente a su hotel al cuidado de sus educandas. Pero esto no duró mucho. Cuando nos vieron venir, los pequeños sa­lieron disparando a campo atraviesa al grito de Realmente existen!. Pronto los primeros en llegar ya tironeaban de nuestras capas y nosotros procuramos bajarnos de los caballos manteniendo el máximo de dignidad posible. Nuestros amigos que venían en los autos corrieron rápidamente en nuestro auxilio y nos alcanzaron las bolsas con los obsequios. Lo primero que nos preguntaron los niños, que nos contemplaban extasiados, fue: Porqué no vinieron con sus camellos?. Hablamos previsto esta pregunta y les contestamos que los camellos estaban muy cansados por el largo viaje, por eso habíamos cambiado de montura. Ademas los caballos resultaban más aptos en el trafico. Los chicos nos dieron a entender que nuestras razones eran valederas. Finalmente abrimos las bolsas y repartimos los juguetes. Recién ­ entonces tomamos conciencia de cuanta felicidad estábamos brindando. Con gran respeto los huerfanitos tomaron sus obsequios y algunos ni se animaban a abrir los paquetes. Nos miraban con sus grandes ojos llenos de incredubilidad. Habían oído tanto de los Reyes Magos y ahora se encontraban frente a ellos!

En la Argentina, el mes de enero es por lo general el más caluroso del año. A ello se sumaron las pesadas vestimentas y la tensión de la cabalgata. No era de extrañar que estuviéramos bañados en sudor.

Cuando una pequeña huerfanita se me acercó para besar mi mano sentí de repente como un impacto divino. Las lágrimas que brotaron de mis ojos se mezclaron con la transpiración que cubría mi cara y todas las penurias pasadas se transformaron en un sentimiento de felicidad.

Aun hoy, cuando recuerdo ese instante, no puedo reprimir mis emociones.