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El auto rojo sobre el techo de la cocina

Cuando en agosto de 1980 cientos de curiosos contemplaban al buque-escuela argentino Libertad quedaron asombrados al ver sobre el techo de la cocina del buque un auto de color rojo vivo, que había quedado descubierto al quitárserle la lona que lo cubría durante la travesía.

Más tarde, en mi carácter de oficial de prensa de a bordo, les expliqué a los visitantes que habían accedido al buque, que se trataba de una de las muestras de la tecnología argentina que la Libertad había embarcado para ser exhibidas en los diversos puertos del mundo. También les expuse que durante el cruce del Atlántico el auto había sido puesto en marcha varias veces a los efectos de que el motor no fuera afectado por el aire salitroso y a la vez mantener cargada la batería. Al suboficial encargado de estas tareas le encantaba conducir el auto con el motor en marcha en pleno océano. A veces hasta accionaba la bocina!

De esta manera la Fragata cumplía su doble función: la de adiestrar a los futuros oficiales de la Armada y a la vez servir de representante de la capacidad productiva del país en el exterior. El buque en sí ya era una muestra de la industria naval argentina, ya que fué íntegramente construído por el Astillero Rio Santiago en la provincia de Buenos Aires.

El auto rojo marca Torino, desarrollado y construído por Industrias Kaiser Argentina, era utilizado por el comandante de la Libertad para realizar sus visitas protocolares en los diversos puertos.

La maniobra de bajar el automóvil al muelle era todo un espectáculo, que fué observado por el público con atención. El buque no disponía de una grúa adecuada para tal maniobra, de modo que hubo que improvisar un aparejo especial para bajar el pesado vehículo desde su inusitada ubicación a bordo. Una vez lograda la puesta en tierra los presentes irrumpieron en un aplauso y se arremolinaron alrededor del moderno coche para admirar sus elegantes interiores y funcional tablero de instrumentos.

Pero esta vez el Torino no sería utilizado para realizar visitas a las autoridades locales. El comandante había decidido viajar con su esposa, que había arribado desde Buenos Aires por avión, a Berlin. Estaba especialmente interesado en echarle una mirada al famoso muro que separaba las dos Alemanias. Antes de su partida le tuve que darle un pequeño curso de alemán para que al menos pudiera hacerse entender en las estaciones de servicio o pedir una que otra cerveza.

La Libertad también llevaba a bordo una deportiva lancha a motor. Esta embarcación construída en fibra de vidrio y propulsada por un motor fuera de borda Mercury, no formaba parte del inventario del buque, sino que fué puesta a disposición por su astillero constructor Pagliettini para ser exhibida en los puertos del mundo como obra maestra de la industria náutica argentina.

En el día de su llegada a Bremen, se celebró a bordo de la Libertad una fiesta de bienvenida. A tal efecto los guardiamarinas, con la ayuda del oficial japonés -experto en electrónica- que viajaba como invitado especial en la Fragata, se encargaron de transformar su cámara en una moderna discoteca. Se improvisó una instalación de alta fidelidad, se colocaron guirlandas de luces y se ubicaron estruendosos altoparlantes, tales como los que les gustan a los jóvenes de hoy día.

El agregado naval en Alemania se había ocupado de invitar a un grupo de señoritas para amenizar la fiesta. En dos grandes omnibuses, las estudiantes llegaron al muelle en compañía de sus maestras.

A medida que subían la planchada eran recibidas en la cubierta por sendos cadetes, que las acompañaban hasta el salón de baile.Las maestras acompañanteseran agasajadas por su parte en la cámara de oficiales.

Entretanto, los invitados especiales que llegaban a bordo (representantes del municipio y del comercio local, altos oficiales de las fuerzas armadas, diplomáticos y otras autoridades, acompañados de sus respectivas esposas) eran recibidos por el comandante en persona al subir por la planchada. Este les daba la bienvenida con una frase en alemásn que había aprendido a la perfección. Cuando alguna de las damas, encantada de ser recibida en su propio idioma quería continuar la conversación, el capitán pedía mi rápida intervención. Yo aludía que mi superior debía atender urgentes asuntos de servicio y me hacía cargo de seguir la charla en alemán.

En general, los invitados quedaron encantados con la recepción. Como es usual en estos casos, en las tarjetas de invitación estaba indicado el término del agasajo entre las 18 y 21 horas. Con puntualidad alemana, minutos antes de las nueve, los invitados se aproximaron al guardarropas para retirar sus gorras o sombreros. Yo me apresuré, en nombre del comandante, en asegurarles que lo de las invitaciones era una mera formalidad y que mientras duraran las bebidas, la fiesta continuaba. Demás está decir que la mayoría quedó a bordo hasta el amanecer. También a las preocupadas maestras les dimos a entender que las Fräulein a su cargo estaban a buen resguardo en la cámara de cadetes y que no había apuro para retirarse

Los huéspedes estaban muy satisfechos de poder gozar del agradable clima que les brindaba la instalación de aire acondicionado del buque, contrastanto con la pesada atmósfera que reinaba sobre cubierta. Las comidas y bebidas que eran servidas en esta ocasión eran todas de procedencia argentina. Muy en especial gustó el champán producido por las bodegas M.Chandon como así también los afamados vinos tintos de Mendoza. Las apreciadas carnes pampeanas como los demás productos nacionales que habían sido consumidos durante la travesía, fueron repuestos por cargamentos traídos en contenedores refrigerados a bordo de buques de ELMA, de modo que había plenitud de alimentos como para amenizar la fiesta.

También los coloridos cuadros que decoraban la cámara de oficiales como demás muestras de arte daban fé de la producción artística en la Argentina, reafirmando así el concepto de servir la Fragata como embajada cultural flotante del país.

Durante nuestra estadía en Bremen volvieron a ponerse en evidencia las relaciones de camaradería que reinaban en la plana mayor del buque, no obstante en otro nivel. La mayoría de los oficiales estábamos ahora en compañía de nuestras respectivas esposas (que habían arribado por avión). Así se organizaron paseos por la ciudad, haciendo compras y visitando lugares ilustres. También ibamos juntos a cenar, como por ejemplo en el restaurant Wiener Wald donde consumimos cualquier cantidad de pollos al spiedo acompañados de enormes fuentes de ensaladas frescas, lujos que no podíamos darnos a bordo.

Siguiendo una invitación del astillero Blohm & Voss, una delegación de cadetes y algunos oficiales, realizaron una excursión a la ciudad hanseática de Hamburgo. Yo fuí de la partida, ya que me interesaba volver a visitar a ese importante astillero, especialmente ahora que en el mismo comenzaba la construcción de las primeras fragatas Meko-360 contratadas por la Armada Argentina. De esta manera, podría recabar la mejor información para mi revista NAVITECNIA y a la vez servir de intérprete a los cadetes.

Demasiado pronto pasaron los hermosos días en Bremen y, al partir la Fragata también llegó el momento de mi despedida del buque. De aquí en más sería reemplazado por otro Corresponsal. Así terminaba mi venturoso viaje de ensueño a bordo de uno de los más hermosos grandes veleros del mundo. Después de mis vivencias durante los 78 días de embarque a lo largo de unas 10.000 millas náuticas recorridas entre Buenos Aires y Bremen, puedo afirmar que la Libertad es una verdadera Escuela de hombres para toda la vida. En el reducido espacio disponible a bordo, las largas jornadas solamente se hacen llevaderas mediante una bien entendida disciplina, camaradería y tolerancia mutua. Para mí este viaje resultó una experiencia inolvidable.

Ahora me tocaba a mí, quedarme en el puerto y ver partir a la Fragata. Lentamente el buque se fué despegando del muelle mientras los gavieros permanecían ergidos sobre las vergas. Yo veía pasar, como en una película, los rostros de mis camaradas formados en la cubierta de popa y el comandante que saludaba desde el puente.

Traté vanamente de localizar al auto sobre el techo de la cocina. Esta vez no se encontraba a bordo! Recién mas tarde me enteré de los ocurrido: El Torino quedó en tierra para seguir el itinerario de la Libertad de puerto en puerto, por carretera. De esta manera se ahorraba la tediosa maniobra de izarlo y bajarlo del buque en cada puerto y a la vez se le brindaba la oportunidad de poner a prueba su capacidad técnica en las rutas europeas.

Cuando el buque desapareció de vista, recién me di cuenta cuán vacío quedaba el puerto después de haber servido durante tantos días como alojamiento de tan gallardo velero.