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Hacia Broadway bajo el tronar de los cañones

A principios de julio de 1980, me encontraba embarcado como Corresponsal Naval a bordo de la Fragata A.R.A.Libertad. El buque escuela navegaba en su 16° viaje de instrucción, en aproximación al puerto de Nueva York.

Como es usual, antes de arribar a puerto, la nave había anclado la noche anterior en un sitio seguro, a fin de realizar las necesarias tareas de alistamiento. La pintura del casco fué retocada y se realizó una esmerada limpieza de cubiertas y casillajes. Los bronces quedaron brillantes y las partes de madera relucían bajo una nueva mano de barniz. En toda la nave se percibía un ambiente presentable, adecuado a los visitantes que se esperaban a bordo.

Al amanecer del 3 de julio, víspera del día de la independencia de los Estados Unidos de América, levamos anclas para navegar lentamente a lo largo del Lower Bay. Los gavieros cubrieron sus posiciones en la arboladura y la tripulación tomó formación en cubierta.

Sobre el lado de estribor podíamos apreciar la empinada costa de Brooklyn, sobre la cual se destacaba el Fort Hamilton. A lo largo de la costa pasa una carretera muy transitada. Cuando nos encontrábamos a la altura del fuerte, los artilleros de la Fragata comenzaron a disparar los 21 cañonazos de salutación reglamentarios, que fueron inmediatamente respondidos por parte del establecimiento militar norteamericano. Rápidamente la ruta quedó cubierta por una densa nube de pólvora. El inusitado tronar de la artillería y la nube que oscurecía el ambiente, evidentemente asustaron a los desprevenidos automovilistas que se dirigían hacia sus ocupaciones.

A bordo nos divertíamos al observar, cómo más de uno aceleraba su automóvil para alejarse lo más rápido posible de la zona de peligro.

Al aproximarse la Libertad al imponente puente Verrazano Narrows Bridge, que atraviesa la desembocadura del río Hudson, tomamos conciencia de cuán altos son en realidad los palos de nuestra nave. Desde la perspectiva, que teníamos desde la toldilla, nos parecía que el tope del palo mayor iba a colisionar con la estructura inferior del puente carretero. Nuestras miradas estaban dirigidas con preocupación hacia los gavieros, que se mantenían incólumes en sus puestos.

Cuanto más nos acercábamos al puente, más seguros estábamos de ser testigos de una colisión con resultados fatales. ¿Que esperan esos hombres para agacharse? musitábamos angustiados. Evidentemente, estábamos sufriendo una ilusión óptica, tan real, que no pudimos menos que preguntarles a los gavieron mas tarde, a qué distancia se habían encontrado en realidad por debajo de las vigas del puente. Nos contestaron que estimaban la separación en aproximadamente un metro y medio. Con una altura del palo de unos 50 metros, no es un margen muy tranquilizador, que digamos.

A poco de haber pasado el Verrazano Narrows Bridge, divisamos la encantadora Estatua de la Libertad, que ya había hecho latir de emoción a millares de inmigrantes que llegaban al país de las ilimitadas posibilidades. En este punto se produjo el encuentro de dos hermanas: la green lady como llaman cariñosamente los neoyorquinos a su estatua, y el mascarón de proa de nuestra Fragata, que simboliza igualmente a la Libertad.

Permanecimos 11 días amarrados en el Pier 92 sobre el río Hudson, a la altura de la 9th Street de Manhattan. Si bien yo ya había estado en Nueva York en otras oportunidades, esta vez tuve la ocasión de conocerla desde un nuevo ángulo de vista.

En una gran metrópolis como Nueva York, la población se comporta por lo general en forma impasible y egoista. Uno puede caerse muerto en la calle y nadie se preocupa, como se dice. No obstante, cuando se trata de honrar a los próceres o participar de fiestas nacionales, los ciudadanos son todo corazón.

Esta grandeza de corazón la pudimos apreciar personalmente. La ciudad había declarado a la Libertad huésped de honor y en tal sentido le había puesto a disposición de la nave dos limosinas con chofer, para uso del comandante y la plana mayor. Especialmente para la realización de visitas protocolares y el transporte de invitados especiales.

Debido a mis conocimienos idiomáticos, me fueron encargadas diversas tareas de relaciones públicas durante nuestra estadía en puerto. Un día, el Segundo Comandante me encargó algún trámite en Manhattan, a cuyo efecto podría utilizar una de las citadas limosinas. Le pregunté si me autorizaba a llevar algunos oficiales en el vehículo a los efectos de recorrer la ciudad. Me dió a entender que podía disponer de ese medio de transporte con toda libertad, siempre que cumpliera con la misión encomendada. Dicho y hecho, con mis compañeros, dimos un hermoso paseo por el bullicioso centro de Manhattan, cómodamente sentados en la limosina.

Cuando recorríamos la famosa avenida Broadway, con sus numerosos teatros y salas de espectáculos, pasamos por el no menos famoso Radio City Music Hall. En la cartelera de dicha sala figuraba con grandes letras el anuncio del show que se estaba presentando. Algo así como Las chicas de la Armada. Esto es algo para nosotros! dijimos, y le pedimos al chofer que detuviera el vehículo para que pudiéramos averiguar sobre la posibilidad de obtener entradas.

En la boletería ya ví el cartel que decía sold out (localidades agotadas). No obstante pregunté si no sería posible adquirir entradas para los próximos días, ya que nuestro buque permanecería muy poco tiempo en puerto. El empleado observó nuestros uniformes y preguntó: ¿Son ustedes acaso tripulantes del hermoso tall ship argentino que visita nuestra ciudad? Cuando le contesté afirmativamente, de repente aparecieron como por encanto cinco entradas para la primera fila de la platea. Nos dijo además que el espectáculo comenzaría dentro de 10 minutos. Rápidamente nos pusimos de acuerdo con nuestro chofer para que nos esperara mientras disfrutábamos del maravilloso espectáculo.

Al finalizar la función, nos dirigimos a nuestra lujosa limosina para continuar con el recorrido. Se encontaba estacionada en la puerta del teatro, en plena contravención de las reglamentaciones del tránsito. Le preguntamos al chofer si no se había expuesto a demasiados problemas al esperarnos allí, nos contestó tranquilamente: No problem, ustedes son huéspedes oficiales de la ciudad.

El público que salía de la sala nos observaba con admiración. Ya en la sala habíamos llamado la atención por nuestros blancos uniformes, sentados en primera fila. En cierto modo, nos sentimos por unos instantes como personajes prominentes.

Con este sentido de ánimo, nos dijimos: ¿Porqué no continuar con los festejos?, y le preguntamos al chofer si no conocía algún local donde se pudieran tomar unos tragos y escuchar linda música. Por supuesto, nos contestó y nos condujo a un exclusivo club en pleno Manhattan. Cuando llegamos, mientras esperábamos en la limosina, bajó para arreglar nuestra entrada al club. Pronto regresó y pudimos acceder al suntuoso local, donde nos asignaron una mesa junto al escenario.

Apenas habíamos encargado nuestros whiskys, fuimos enfocados por los reflectores del club y un locutor anunció Ladies and gentlemen, hoy nos honran con su presencia, el capitán y oficiales de la plana mayor de la hermosa Fragata Libertad, que visita nuestro puerto, para quienes les pido un caluroso aplauso de bienvenida. Nada pudimos hacer para corregir este malentendido. Entre nosotros, el oficial de mayor rango era el Jefe de Máquinas, un capitán de corbeta, los demás ostentábamos el grado de tenientes de navío. El supuesto Capitan del buque se puso de pié y agradeció las ovaciones. Entretanto rogábamos al cielo que este incidente no saliera en los diarios del día siguiente, lo que nos hubiera puesto en serios aprietos. Tuvimos suerte y nadie a bordo, excepto nosotros mismos, se enteró de esta presentación pública.

No obstante, cuando pasada la medianoche, volvimos al buque, ya se encontraba el Segundo Comandante esperándonos junto a la planchada. Nos increpó, preguntando donde diablos habíamos estado con la limosina por tanto tiempo. El había tenido que enviar a sus invitados a casa en taxi mientras nosotros abusábamos del vehículo asignado a tal efecto!.

Como corresponde, nuestro compañero de mayor rango asumió toda la responsablididad y trató de explicar el asunto de la siguiente manera: Resulta que nos vimos involucrados en una situación de representatividad cuya prematura interrupción hubiera afectado el prestigio que la Fragata gozaba en la ciudad. El soñoliento Segundo trató de asimilar esta excusa. Finalmente, sacudió la cabeza y nos dijo:Mañana volveremos sobre el asunto, pueden retirarse.

Al día siguiente partí hacia Washington en un viaje programado con anterioridad. Cuando volví a los tres días, el asunto Broadway ya estaba olvidado y la Fragata se aprestaba para zarpar hacia nuevos rumbos.

Así fué, como me salvé de pasar nuevamente por un intercambio de cañonazos.