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A lo largo de la costa brasileña

En el mes de mayo de 1980 me encontraba embarcado como corresponsal naval en la Fragata Libertad que cumplía su 16° viaje de instrucción rumbo a Europa.

Al abandonar las aguas del Rio de la Plata comenzó nuestra verdadera navegación oceánica. La desembocadura de este río en el oceano Atlántico tiene no menos de 230 km de ancho y, visto desde un satélite, la división de las aguas barrosas del estuario y las azules del océano se distinguen perfectamente.

Después de dos días de navegación, cuando nos encontrábamos aproximadamente a la altura de la península uruguaya Punta del Polonio, se escuchó por los difusores la orden de Cazar velas!.

Todo el mundo corrió hacia sus puestos de maniobras y la cubierta se pobló con un enjambre de hombres en actividad: los gavieros trepaban por los obenques, otros tomaban posición junto a los guinches de maniobra o se apostaban frente a los cabilleros.

Al pié de cada palo se encontraba un contramaestre, que impartía las ordenes a los gavieros mediante toques de silbato. A su vez, desde el puente el oficial de cubierta dirigía la maniobra a través de un megáfono. En cubierta los marineros tiraban de los correspondientes cabos y en las vergas comenzaban a desplegarse las velas. Pronto los blancos paños cubrían la arboladura y el viento comenzaba a presionar sobre los mismos, impulsando a la nave hacia adelante.

Sentir al buque avanzar a plena vela constituía una sensación maravillosa. Había cesado el ruido de los motores y sólo se escuchaba el golpeteo de las olas contra el casco y el crujido de las jarcias. Bajo la presión del viento, el buque se inclinó hacia un costado y avanzó armónicamente a través de la marejada. Se acabó el vaivén del casco y solo se percibía el suave deslizamiento por las aguas.

Lamentablemente, la hermosa sensación de navegar a vela duró poco tiempo. Ya 8 horas después, comenzó a aimanar el viento y se ordenó cargar las velas. Nuevamente se movilizaron los marinos encargados de la maniobra y pronto el velamen estaba convenientemente fijado. Esa noche volvimos a dormirnos acompañados del monótono traqueteo de los motores.

El día siguiente comenzó con la rutina diaria. Fuimos despertados por nuestros asistentes y después de haber ingerido el desayuno, cada oficial se dirigió a su puesto de tareas. Por mi parte, me encaminé por la cubierta hacia proa - tomando la banda de estribor, como lo establece la reglamentación - hasta la sala de comunicaciones, ubicada debajo del puente. El telegrafista me entregó los mensajes recibidos por telex la noche anterior de las agencias de noticias de Buenos Aires. Luego regresé — esta vez por babor — a mi camarote, que de día me servía de oficina, para tipear en mi máquina de escribir las noticias recibidas.

Una de mis funciones a bordo consistía en preparar un informe diario sobre lo ocurrido en la patria lejana, para ser distribuído en la cámara de oficiales y la de cadetes. Dicho informe debía ser escrito por lo tanto en dos copias para estar a disposición de los interesados a partir del mediodía.

Basado en mi experiencia de periodista especializado, preparé el informe dividido en diversos rubros, a fin de hacer la lectura más amena. Con el tiempo fué aumentando la cantidad de páginas y pronto también se hizo necesario incrementar la tirada, en vista del interés despertado en los lectores. Como resultado, tuve que ocuparme de las tareas de multiplicación del boletín para satisfacer la creciente demanda del mismo. A tal efecto me fué puesto a disposición el mimeógrafo existente en el detall de a bordo, para imprimir los 30 ejemplares del diarito que circulaba por las diversas cámaras del buque.

Entretanto la Fragata seguía navegando a lo largo de la costa brasileña y de noche nos era posible divisar las luces de las numerosas plataformas de perforación submarina, que atestiguaban el boom petrolífero de aquel entonces. Sino, solamente agua y cielo. Solamente una vez avistamos tierra, al acercarnos a 5 millas de la costa. Inmediatamente los cadetes se apresuraron a tomar mediciones azimutales para confirmar la posición del buque. Pero esta visión perduró poco tiempo y pronto volveríamos a encontarnos mirando el horizonte por todos los lados.

Una de las pocas variaciones de la rutina diaria la dió la celebración de la fiesta patria, el 25 de mayo. A primera hora del día se tocó a diana y los oficiales, cadetes y resto de la tripulación

formamos en la toldilla. Al toque de un clarín, fué izado el pabellón nacional en el asta de popa. Seguidamente se entonó el himno nacional y los cañones de salutación dipararon sus salvas el mar. Con un triple hurra a la Patria concluyó la tocante ceremonia.

Este feriado transcurrió de forma muy distinta que los días normales. Después de la formación protocolar, se sirvió chocotale caliente con medias lunas recién salidas de la panadería de a bordo. Luego se realizaron tradicionales juegos marineros — con los que ya se entretenían los navegantes de los antiguos veleros - en la cubierta de proa.

Mas tarde, se pasó al capítulo emocional de la jornada. Aparecieron algunas guitarras y los más audaces de la tripualción entonaron canciones populares hasta la puesta del sol. Antes de la cena nos tomamos un trago extra en el bar y luego nos acostamos temprano, dado que al día siguiente ya nos esperaba la rutina diaria.

En el parte diario del día 26 de mayo se anuncia que a partir del día siguiente y hasta la llegada a puerto, se interrumpen las clases de instrucción diaria. En cambio se ordena: Zafarrancho de limpieza y preparación para entrada a puerto.

Solamente quien haya tenido esta experiencia podrá entender lo que significan estos preparativos. Aquí se pone en evidencia el antiguo dicho marino: Todo lo que se mueve a bordo, se saluda y todo lo que está quieto, SE PINTA! En toda la cubierta se denota una intensa actividad, hay gente rasqueteando, limpiando y retocando la pintura. El que no está directamente afectado a estos trabajos, mejor se queda bajo cubierta para no recibir alguna mancha de pintura en el uniforme.

Mientras tanto, en todas las cámaras se mantenían los llamados briefings para instruir a los oficiales, cadetes y tripulantes sobre su próximo comportamiento en tierra. Se designaron los distintos trozos de guardia y se fijaron precisas reglas de trato a la población local. También se previno sobre los peligros que podríamos enfrentar en tierra. Por ejemplo, la ciudad vieja de Bahía

debía ser visitada solamente en grupos de a 4 hombres, que se debían cubrir recíprocamente.

Salvador da Bahía

El 30 de mayo anclamos en la bahía de Salvador. La antigua capital de Brasil se expandía ante nuestros ojos y quedamos maravillados ante los elevados edificios, los que, debido a su ubicación en diferentes niveles del terreno, nos parecían más altos aún. Para nuestra sorpresa avistamos en el muelle a un buque a vela parecido al nuestro. Luego supimos que se trataba del buque escuela portugués Sagres que finalizaba su visita de cortesía a este puerto. Esa misma tarde esta nave de 89 m de eslora zarpó del puerto para retomar su viaje de instrucción.

Cuando el Sagres pasó a nuestro lado, las tripulaciones de ambas naves tomaron posición en cubierta mientras las sirenas de a bordo daban señales de salutación. En la arboladura de la Libertad se izaron los banderines señalizando Buen viaje , entanto la Sagres comenzaba a cazar velas para alejarse majestuosamente. Un inusitado encuentro de dos grandes veleros en estos tiempos modernos!

A la mañana siguiente la Libertad entró en la bahía de Salvador. Los gavieros apostados en las vergas y el resto de la tripulación formado sobre la banda de estribor, cubriendo puestos de honor.

Al acercarnos al muelle, el oficial de cubierta se sobresaltó… Junto al amarradero se encontraban anticuadas grúas, cuyos brazos inevitablemente chocarían contra nuestra arboladura.

Con gran presencia de ánimo el oficial ordenó: Rompan filas, buque listo para maniobrar!

Aquí cobraron su importancia las múltiples maniobras que habíamos realizado durante la travesía. Cada uno sabía lo que hacer y rápidamente fueron braceadas las vergas mediante los molinetes de cubierta, hasta quedar en línea con la borda del buque. Ya no habría posibilidad de colisión alguna con los obstáculos en tierra.

Todo el mundo volvió a sus puestos de honores y en el muelle comenzaron a escucharse los sones de la banda militar que junto al entusiasmado público nos daba la bienvenida. No bien quedó afirmada la planchada ya subieron las autoridades locales para expresarnos los saludos oficiales.

Una corta mirada sobre las grúas del puerto nos confirmó lo acertada que había sido la decisión de nuestro jefe de cubierta. Por escaso margen nos salvamos de una catástrofe!

Entretanto, el agregado naval argentino en Brasil había convocado a los medios de prensa para que informaran sobre la llegada de la Fragata. A mí me correspondió entonces atender a los periodistas a bordo y realizar una conferencia de prensa con la presencia del comandante de la nave. Nos reunimos en la cámara de oficiales y, a raíz de mis anteriores viajes al Brasil, en los que había adquirido algunos conocimientos del portugués, pude entenderme perfectamente con los representantes de la prensa. No obstante, para evitar todo equívoco, preparé un comunicado de prensa en el idioma local, que facilitó enormemente la comunicación. Acompañada de una copa de champagne argentino, la conferencia de prensa se desarrolló en forma muy amena y al día siguiente aparecieron en los diarios extensos informes sobre la visita de la Libertad. Recibí los correspondientes elogios de parte del señor Comandante.

En la tarde del 31. de mayo, aquellos que no teníamos obligaciones a bordo pudimos bajar a tierra para recorrer la ciudad. Aquí se cristalizaron todos los conocimientos previos que habíamos adquirido durante los briefings de los últimos días. En la angosta franja costera se encuentra la actual ciudad baja, donde se habían radicado los primeros habitantes de la zona. Directamente detrás de la zona portuaria se encuentra el ruidoso Mercado Modelo, un centro comercial en el cual se pueden adquirir desde artesanías hasta todo tipo de joyas y piedras semi-preciosas además de baratijas y souvenirs. Más allá se eleva, a 70 metros de altura, la altiplanicie sobre la que está erigida la ciudad nueva, a la que se accede mediante el gigantesco ascensor Lacerda.

Junto a la tenebrosa ciudad vieja, con sus casonas desvencijadas y niños mendigando por las calles, se encuentra la moderna ciudad de Salvador, con coloridos edificios y muchas iglesias de estilo barroco. Llama la atención la gran cantidad de negros que pueblan esta localidad. Se trata de los descendientes de los seis millones de esclavos que otrora fueron traídos por traficantes portugueses.

Desde que se abolió la esclavitud, esta gente se afincó en la zona, resguardando sus usos y costumbres, incluyendo las pintorescas danzas y ritos.

Las hermosas playas bordeadas de palmeras que se extienden en las afueras de la ciudad, están siempre atestadas de esta gente de color. Para poder disfrutar de este paraíso tropical junto al océano Atlántico, los turistas deben gastar ingentes sumas de dinero. En cambio, para los aborígenes toda esta belleza está disponible durante todo el año en forma gratuita. De todos modos se aconseja concurrir a estas playas con sólo la malla de baño puesta, ya que la extrema cordialidad de los bahienses no condice con su especial interpretación de la propiedad ajena.

En un bus de la Armada del Brasil concurrimos a estas playas, donde llamamos la atención por nuestros blancos uniformes. No obstante, gozamos del maravilloso paisaje y nos deleitamos con la fresca leche de coco que nos ofrecían los vendedores tras decapitar el fruto con sus afilados machetes. A continuación fuimos conducidos a través del moderno centro de la ciudad, con sus rascacielos, elegantes hoteles y casinos. Aquí nos llamó la atención el gran contraste existente entre ricos y pobres.

Entretanto, concurrían al buque centenares de visitantes, que se entusiasmaban por todo lo que podían apreciar a bordo. El lunes por la noche tuvo lugar la recepción oficial en la Libertad, a la que asistieron representantes de las autoridades locales, miembros del cuerpo diplomático e invitados especiales. El buque estaba engalanado por sobre los topes y una cadena de luces adornaba la arboladura. El castillo de popa fué cubierto con un toldo protector y por toda la cubierta se habían ubicado mesas con vituallas y bebidas. El cocinero había preparado sabrosos trozos de carne vacuna argentina y los camareros servían los mejores vinos tintos procedentes de la zona cordillerana. Finalmente, los invitados fueron agasajados con champagne y la fiesta se animó de tal manera que nadie se acordó del horario protocolar de 19 a 21. En la cámara de guardiamarinas el baile continuó hasta la madrugada.

Asesorados por el oficial japonés embarcado, los jóvenes cadetes habían armado una moderna instalación musical y decoraron con luces el salón de baile. Todo resultó en una hermosa fiesta, con auténticas senhoritas brasileiras — un verdadero cambio en la monotonía de a bordo!

Como en todas las fiestas, al día siguiente quedaba mucho para limpiar. Por doquier había huellas de restos de comida sobre la cubierta, además de puchos aplastados y servilletas de papel. Por sobre todo había que quitar rápidamente las molestas manchas de grasa de la tracas de teca. Además había que desmontar las decoraciones, volver a colocar las mesas en su lugar y dejar el buque en su estado original. No obstante, el recuerdo de los lindos momentos pasados hizo parecer menos tediosa esta tarea. Por otra parte, nos sirvió de experiencia para las próximas recepciones en puerto.

Rápidamente transcurrió esta visita a la tropical Bahía da Todos los Santos — como la había denominado el fundador de la ciudad, el portugués Cabral. Si bien fué maravilloso conocer a la pintoresca Salvador da Bahía, ya nos esperaba el Caribe, con sus verdes aguas e islas de ensueño

El 4 de junio soltamos amarras y, al alejarnos lentamente del muelle, la banda militar brasileña tocó la canción Auf Wiedersehen mientras cargábamos las velas para iniciar la segunda etapa de este Viaje de Instrucción de la Fragata Escuela A.R.ALibertad.