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Por tren a través de Alemania Oriental

por Ernesto Potthoff

En agosto del año 1980 asistí en Noruega al Nor-Shipping-­Congress, un congreso técnico realizado en el idílico puerto pesquero de Trondheim. En compañía de mi esposa tomé parte de los diversos eventos sociales brindados a los congresales y de tal manera pudimos conocer los principales aspectos culturales de la localidad a la vez que apreciamos el hermoso paisaje de los alrededores.

En aquel entonces, todavía viajábamos con pasaporte argentino, por lo que nos fué posible hacer uso de las ventajas brindadas por el sistema Eurailpass. Este tipo de pasaje solamente se puede adquirir fuera de Europa y habilita al poseedor a utilizar, durante un determinado lapso de tiempo, prácticamente todos los servicios brindados por los ferrocarriles europeos. Por ejemplo, se tenía la oportunidad de viajar, a un costo global de unos 300 dólares, en forma ilimitada por toda la red ferroviaria europea en primera clase durante un mes.

Una vez terminado el Congreso, aprovechamos esta ventaja para continuar el viaje por tren a través de Suecia y Dinamarca hasta Berlín, donde visitaríamos a nuestros parientes. Al partir de Trondheim utilizamos otro tramo de vía que el empleado en el viaje de ida, de modo que nos fué posible apreciar otra parte del maravilloso paisaje montañés de Noruega.

Durante nuestra corta estadía en Copenhague, visitamos el famoso parque de diversiones Tivoli, ubicado cerca de la estación. Nos maravillamos de los parques, los palacios en miniatura, los pabellones y la variación de restaurantes, cafeterías y bares. Especialmente nos divirtió la salida de palacio de la pareja real, personificada por niños. La reina sonreía desde la carroza en miniatura, lo que ponía en evidencia sus faltantes dientes de leche. El cortejo estaba integrado por una banda de música y soldados de escolta. Quedamos tan entusiasmados del ambiente, que hasta nos aventuramos a dar una vuelta en la montaña rusa. Totalmente agotados, pero satisfechos, tomamos el tren nocturno hacia Alemania con la perspectiva de gozar de un merecido descanso en nuestro camarote de dos cuchetas, para despertar recién en Berlin. Con respecto al tránsito por la República Democrática Alemana (Alemania Oriental), no me hacía demasiados problemas, después de todo nos encontrábamos en un tren internacional, con tripulación danesa.

En algún momento noté, como en sueños, que después de algunos extraños ruídos y sacudidas el tren se había detenido, lo que significaba que estábamos navegando en un ferry. Luego de ese silencioso trayecto volvió a sentirse el traqueteo de los vagones en marcha. Pero esta vez con un ritmo que me hacía recordar a las destartaladas vías de los ferrocarriles argentinos de otros tiempos. Señal de que ya nos encontrábamos en la zona oriental (bajo influencia soviética) de Alemania.

De repente, nos sobresaltaron fuertes golpes contra la puerta del compartimiento y una voz estentórea que decía: Abran la puerta, control de pasaportes! Bajé de mi cucheta y me puse a buscar los pasaportes entre el equipaje de mano. Dado que las autoridades danesas ya habían verificado nuestra docu­mentación poco después de la partida de Copenhague y el viaje estaba programado sin etapas, directamente hasta Berlín occidental, no habíamos contado con un control intermedio. Tardé un rato hasta encontrar los pasaportes y ya volvieron a golpear la puerta. Cuando la abrí cautelosamente, me encontré con dos gendarmes armados. Uno de ellos me informó bruscamente: Usted se encuentra en la República Democrática Alemana, muéstreme su pasaporte. Luego me preguntó con quien compartía el camarote. Le contesté en alemán: Con mi esposa. Que salga!, ordenó. Tratando de permanecer amable le pregunté cómo se imaginaba que mi esposa se presentara en el pasillo apenas cubierta con el camisón. Algo perturbado insistió en que debía comparar la foto del pasaporte con el rostro de la persona. Llegamos a un acuerdo en que podía contemplar desde la puerta, a la luz de su linterna las facciones de mi esposa, permaneciendo ésta acostada.

Nuestros pasaportes argentinos les llamaron la atención y, después de hojearlos repetidamente, nos preguntaron si poseímos una visa de tránsito. Perplejo, les contesté que no veía para qué la necesitábamos. No nos aclararon el tema, pero nos informaron que, mediante pago de 40 Marcos nos extenderían una visa a bordo del tren. Rápidamente agregó uno de los gendarmes: Naturalmente en Marcos Occidentales (cuyo cambio estaba en 1:4). Pero el otro fué más allá, argumentando que siendo extranjeros, deberíamos pagar en dólares. Les manifesté queno poseía tal divisa. Se conformaron con los 40 Marcos Occidentales y nos extendieron un papel en el que constaba el otorgamieno de la visa de tránsito, pero no aparecía el monto de la tasa abonada.

Bien, pensé, ahora podremos descansar tranquilos. Pero apenas nos habíamos dormido nuevamente, volvieron a sentirse golpes en la puerta. Esta vez era el guarda de tren danés, quien nos informó que dentro de pocos instantes el tren se detendría por razones técnicas y nos pidió que nos vistiéramos ya que debíamos trasladarnos al primer vagón, dado que solamente éste seguiría el viaje hasta Berlin-Zoo (nuestro destino). El resto del convoy sería acoplado a otra locomotora para dirigirse directamente hacia Varsovia. Nos explicó que en uno de los vagones-dormitorio viajaba una delegación de altos funcionarios polacos, a quienes había que obviarles el engorroso paso por Berlin.

De modo que tomé una de nuestras valijas y me dirigí a la parte delantera del tren. Al pasar por el coche dormitorio destinado a Varsovia, me encontré con un guarda polaco, cuyo aliento ponía en evidencia su estado de alcoholización. Con amplios gestos me dió a entender que no debía avanzar, para no molestar el sueño de sus encumbrados pasajeros. Le hice señas que pasaría silenciosamente y seguí mi camino a pesar de sus rezongos. A esta altura de los acontecimientos, la actitud del guarda aun me parecía divertida, Entretanto, mi señora preparaba el resto del equipaje y esperaba mi regreso para trasladar todo al primer vagón. Pero cuando después de haber depositado la primera valija en el coche delantero me dirigía nuevamente hacia nuestro camarote, me encon­tré ante una puerta cerrada, que me obstruía el paso por los vagones intermedios. A través de un vidrio ví al guarda polaco, que se estaba preparando tranquilamente una taza de té. Golpeé el vidrio y le indiqué por señas que me abriera la puerta. Apenas giró la cabeza y encogió los hombros sin interrumpir su tarea. Repetí los golpes, esta vez con más energía, hasta que el polaco de dió vuelta furioso. Entonces traté de hacerle entender que debía ir a buscar a mi esposa y el resto del equipaje. Tercamente se negó a dejarme pasar. Entonces perdí los estribos, pensé en que a mi esposa la llevarían a Varsovia mientra que yo seguiría solo hasta Berlin. Redoblé los golpes e insulté al guarda en todos los idiomas que se me ocurrieron. Hasta recordé unas maldiciones en ruso. Entonces, ante el temor que el barullo podría despertar a sus camaradas funcionarios, se decidió a abrir la puerta. Pasé corriendo a su lado y llegué finalmente al camarote donde mi esposa me esperaba ansiosamente. No tuve tiempo de responder a su pregunta: ¿Donde estuvistes todo este tiempo? y ambos corrimos con nuestro equipaje a lo largo del tren. En el camino nos encontramos con el guarda danés a quien pedí que nos acompañara. Sabia decisión, pues nuevamente estaban cerradas con llave las puertas del vagón polaco. Pero esta vez contábamos con la llave del escandinavo y pudimos transitar libremente hasta el primer vagón, no sin antes haber empujado a un lado al polaco borracho.

Ya era hora, pues el tren se había detenido y comenzaron a desacoplar el resto de los vagones. Finalmente arribamos a la estación Berlín-Zoo, contentos de estar nuevamente juntos. ¿Tuvieron un buen viaje?, preguntaron los parientes en el andén. Sí, bárbaro...!

Algunos años más tarde tuve que volver a Europa por razones profesionales. Se trataba de asistir a las jornadas del Interna­tional Ship Structures Congress (I.S.S.C.), de las cuales tomaba parte cada tres años en mi carácter de Miembro Corresponsal por la Argentina. Esta vez el congreso debía realizarse en la ciudad de Gdansk, en Polonia. Pero este encuentro tuvo que ser cancelado a ultimo momento debido a los graves acontecimientos políticos que se desencadenaron en dicha zona y que habían dado lugar a la proclamación del estado de sitio. Por tal razón, el lugar del encuentro fue trasladado a la Embajada Polaca en Paris.

Como ya en otros viajes a Europa, mi señora y yo decidimos visitar a nuestros parientes. Nuevamente adquirimos el Eurailpass y viajamos por tren desde Hamburgo a Berlin. Esta vez el viaje fue de día y ya al arribar a la primera estación de Alemania Oriental notamos el gran contraste existente entre ambas Alemanias. Los andenes estaban desiertos, no se veían kioskos ni carteles de propaganda comercial. En varios sitios estaban apostados los famosos policías del pueblo con sus brillantes botas y fusiles automáticos en apresto. Desde las torres de observación contiguas a la estación nos sentíamos observados a través de binoculares. En el compartimiento reinaba un silencio sepulcral. Los difusores de los andenes emitían estruendosamente el mensaje: Se encuentran en la República Democrática Alemana - prohibido abandonar el tren. Después de tensos minutos continuó el viaje y, a continuación de los controles de pasajes y aduana, vino la temible verificación de pasaportes. Dos policías armados con metralletas controlaban el pasillo y un tercero entró al compartimiento exigiendo los documentos. Con gran desconfianza y parsimonia comenzó a hojear mi pasaporte. Luego vino el interrogatorio: Para qué viaja a Berlín? Contestación: Para visitar a mi tía- Y que mas? - Nada más. Al ver los numerosos sellos de entradas y salidas a diversos países que contenía mi pasaporte, siguió preguntando: Qué había motivado mi viaje a los Estados Unidos, por qué habla estado en Inglaterra, cual era la razón de mi estadía en Hong Kong, etc.,etc. Traté de explicarle que, como constructor naval tenia bastantes motivos para viajar por el mundo. ¿Ah, entonces tiene algo que ver con la marina de guerra?- No, solamente con barcos mercantes y embarcaciones deportivas (pequeña mentira)... Luego le tocó el turno a mi esposa: ¿Cuanto tiempo piensa permanecer en Berlín, cual es su segundo nombre, donde nació?. Una pregunta sucedía a la otra y el policía contemplaba fijamente su rostro para determinar toda reacción en sus expresiones. Cuando finalmente terminó la inquisición y nos devolvieron los pasaportes con un cínico Buen viaje, quedamos un largo rato en silencio y con la mirada perdida.

Después de la visita a Berlín, iniciamos el regreso a Hamburgo sin mayores preocupaciones, dado que ya sabíamos a qué atenernos. Pero nos esperarían nuevos sobresaltos. Apenas habíamos partido de Berlín, el tren volvió a detenerse. Nos encontrábamos en una estación desierta, rodeada de alambrados y torres de observación. La puerta de nuestro compartimiento fué abierta bruscamente y una. burda figura femenina en uniforme nos ordenó salir al pasillo. Dos policías del pueblo, munidos de una escalera y martillos inspeccionaron el recinto, golpeando las paredes en busca de eventuales escondrijos, desde el techo hasta debajo de los asientos. Después de esto pudimos volver a sentarnos. Por las ventanillas vimos entonces con asombro, cómo policías con pistola en mano y secundados por perros, recorrían agazapados a lo largo de todo el tren para detectar a supuestos fugitivos debajo de los vagones. Después de una larga hora de detención, el tren volvió a ponerse en marcha y volvimos a ser sometidos a los ya consabidos procedimientos de control. Cuando finalmente arribamos a una estación repleta de gente, con quioscos de diarios y vendedores de flores, respiramos aliviados. Nos encontrábamos nuevamente en el mundo libre!

Pocos días después, en el transcurso de las sesiones del I.S.S.C., participamos de un banquete en la Embajada de Polonia en París. En esa oportunidad comentamos con nuestros vecinos de mesa, las aventuras que habíamos vivido durante nuestra travesía en tren por la República Democrática Alemana. Una señora americana, que compartía nuestra mesa, nos preguntó si ello había ocurrido poco después de finalizada la Segunda Guerra Mundial. Le contesté: No, lo acabamos de vivir hace unos pocos días. Cuando la señora le preguntó seguidamente a su marido: ¿Darling, sabías que Germany aún está dividida por una horrible muralla?, se nos atragantó la saliva en la garganta...

(1) VoPo: La Deutsche Volkspolizei (policía popular alemana) o simplemente Volkspolizei fue el cuerpo de policía nacional de la República Democrática Alemana. Se formó poco después del final de la Segunda Guerra Mundial y se abolió con la Reunificación alemana. Sus agentes recibían el apodo de VoPos. Entre otras muchas cosas, los vopos fueron los encargados de vigilar celosamente y disparar a matar a aquél que pretendiese atravesar el Muro de Berlín para huir al Berlín occidental.