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Hora de zarpar

Un proverbio chino dice que hasta el viaje más largo comienza con un solo paso. Esta experiencia la tuve también yo al emprender en 1980 una navegación de 78 días de duración a bordo del buque-escuela Fragata ARA Libertad.

Alentado por un almirante (RE) de mi amistad, me postulé como corresponsal naval embarcado en el XVI viaje de instrucción de la Libertad. Contaba para ello con suficiente experiencia a bordo de unidades de la Armada como así también en visitas      a bases y otras instalaciones navales. Así, participé de una maniobra combinada de la Armada a bordo del destructor ARA Bouchard en el Atlántico Sud; tomé parte del viaje de pruebas del BDT ARA Cabo San Antonio en el Rio de la Plata; visité la base aeronaval Punta Indio, las bases navales Puerto Belgrano y Ushuaia, como así también los principales astilleros y fábricas navales. Todo ello contribuiría a mi capacitación profesional y a mi actividad como director de la revista especializada NAVITECNIA. Asimismo se consolidaban mis conocimientos para el desempeño como Corresponsal de Guerra Naval, que condujeron finalmente a mi participación en el conflicto de las Malvinas.

En realidad, yo no estaba muy convencido en iniciar este viaje de casi tres meses de duración, ya que ello afectaría mis activi­dades normales como editor de la revista. Pero el primer paso ya estaba dado y el 25 de abril de 1980 recibí la Resolución firmada por el Comandante en Jefe de la Armada, disponiendo mi embarque con el orden de prelación de Teniente de Navío, cubriendo el tramo del viaje entre Buenos Aires y el puerto alemán de Bremen.

Con la premura del caso me dediqué a completar los preparativos para cubrir el lapso de mi ausencia del país. Mi esposa quedaría a cargo de la administración de la empresa editora. De las notas editoriales se encargaría mi hija mayor y la información general sería cubierta por un colega de otra publicación especializada. A mí me quedaba dejar preparadas las notas de fondo para las próximas cuatro ediciones. Siguieron semanas de gran agitación. Pero todo este esfuerzo quedaría ampliamente compensado por las perspectivas de un viaje extraordinario.

Por entonces yo disponía solamente de mi uniforme gris, utilizado en las actividades navales dentro del país. Pero para un viaje mundial de esta categoría la Armada tenía previsto que el Corresponsal Naval luciera tan presentable como los demás oficiales de a bordo. Por lo tanto me fueron provistos adicionalmente los uniformes de salida oscuro (saco naval) y blanco, gorra y abrigo correspondientes, como así también los uniformes tropicales y la ropa complementaria. A bordo recibiría la ropa gris de fajina. Para preservar el estado de la cubierta de teca, toda la tripulación, Comandante incluído, utilizaríamos zapatillas blancas.

Debido a mi estatura de 1,90m fué necesario hacerme confeccionar los uniformes a medida. Dado que varios oficiales habían encargado el ajuste de sus uniformes o la confeccion de nuevos, la sastrería naval apenas podía cumplir a tiempo con tantos encargos urgentes. Recién unas horas antes de la zarpada quedaron completados los últimos retoques en mi uniforme.

En la mañana del día 20 de mayo 1980 había llegado el momento esperado de la partida. Mis efectos personales ya se encontraban ubicados en el camarote que compartiría con un Teniente de Fragata. Toda la familia había concurrido a bordo para la despedida. Una última foto en cubierta con mis tres nietos y ya los visitantes fueron invitados a abandonar el buque para asistir desde el muelle a la ceremonia de zarpada. Ante la formación de la plana mayor y la tripulación, el Jefe de la Armada pronunció palabras alusivas al viaje, destacando la importante misión que cumpliría la Fragata como representante del País en el exterior. Finalmente dió la orden zarpada, para luego abandonar el buque.

Poco después fué retirada la planchada, se soltaron las amarras y la nave comenzó a desprenderse lentamente del muelle, tirada por sendos remolcadores. Miles de personas saludaban con sus pañuelos, las sirenas de los buques surtos en el puerto hacían sonar sus sirenas y desde los edificios aledaños eran arrojadas serpentinas de papel. El son de las marchas ejecutadas por la Banda de la Armada avivó las emociones y en muchos ojos se veían brillar las lagrimas. Cientos de palomas, que usualmente posan en los techos de los vagones cargados con cereales, ahuyentadas por el bullicio, revoloteaban por encima de la Libertad como señal de despedida.

El buque-escuela avanzó lentamente por el canal de acceso y la silueta de Buenos Aires, con sus imponentes rascacielos, se fué perdiendo en la lontananza. Cuando se dió la orden de romper la formación, casi todos se quedaron en su lugar junto a la borda, con la mirada fija en el punto donde había quedado el puerto de partida con los seres queridos.

Luego, uno tras otro fueron abandonando la cubierta para quitarse el uniforme de salida y ponerse la ropa de a bordo. Apenas se intercambiaban palabras: cada uno estaba concentrado en sus propios pensamientos.

Pero al poco tiempo, comienza en la cámara de oficiales la hora del copetín y el barman hace gala de sus mejores combinaciones alcohólicas. Al caer el crepúsculo los ánimos ya se habían distendido y comenzaron a entablarse las primeras conversa­ciones.

La presencia del nuevo a bordo, el corresponsal naval (yo), despertó naturalmente la curiosidad de la cámara. Los alrededor de 20 oficiales del buque ya se conocían entre sí. Si bien la dotación del buque-escuela (incluido el Comandante) es renovada anualmente, la actual tripulación ya se encontraba a bordo desde hacía meses, habiendo participado de los viajes de prueba correspondientes.

Recién un tiempo después, cuando ya se había roto el hielo, me enteré de las conjeturas sobre mi persona, que habían ocupado los pensamientos de la oficialidad. Después de todo, yo era un civil de uniforme y por mi edad podría haber sido el padre de muchos de ellos. Para colmo me habían visto despedirme de mis tres nietos...

Finalmente decidieron tratarme cortésmente y dentro de las for­malidades del rango. Al correr del tiempo y después de muchas vivencias a bordo y en los puertos, se intensificaron los lazos de compañerismo y pasé a integrar el grupo de viejos camaradas del mar.

Al navegar la primer noche por el Rio de la Plata, sentíamos aún la sensación de no haber abandonado las aguas patrias. Pero al día siguiente, cuando nos abandonó el práctico en el Pontón Recalada, tomamos conciencia de haber quedado librados a nuestro propio destino.

Al pasar por la boca del Rio de la Plata, con sus 230km de extension, se hizo evidente la marcada diferencia entre el color marrón de las aguas fluviales y el verde del océano Atlántico. Esta transición de las aguas no constituye un limite imaginario: la diferencia es claramente visible.
Al penetrar el barco en su verdadero elemento, se hizo también perceptible la diferencia entre los pesos específicos de las aguas (dulce y salada): el casco pareció alivianarse, el calado se redujo consecuentemente y la nave comenzó a deslizarse rauda­mente a través de las aguas.

La brisa salina pareció reavivar los ánimos y las prolongadas olas (a diferencia del corto oleaje del Rio de la Plata) le permitieron al buque desempeñar plenamente su aviado diseño.

El largo viaje propiamente dicho había comenzado...